sábado, 11 de mayo de 2013

Escribir el dolor

 
Escribir el dolor: Retrato de M de Matei Călinescu (Miguel Gómez Ediciones, 2012). Traducción de Ioana Zlotescu

Ioana Gruia


El lector español conoce de Matei Călinescu (Bucarest, 1934-Bloomington, 2009), que fue uno de los intelectuales rumanos más queridos y respetados a nivel internacional y prestigiosísimo profesor de literatura comparada en la Universidad de Indiana, el imprescindible estudio Cinco caras de la modernidad: modernismo, vanguardia, decadencia, kitsch, postmodernismo, del que la editorial Tecnos publicó varias ediciones. Retrato de M, editado de manera muy cuidada y hermosa por Miguel Gómez Ediciones y traducido espléndidamente por Ioana Zlotescu, desvela a Matei Călinescu no sólo como un gran escritor e intelectual, sino también como un padre devastado por la muerte de su hijo y sin embargo capaz de escribir el enorme dolor en un libro desgarrador y luminoso. Como explica el autor: « Este es el retrato biográfico de mi hijo que nació el 24 de agosto de 1977 en Bloomington, Indiana, Estados Unidos y falleció, antes de cumplir los veintiséis años, el uno de marzo de 2003, en su ciudad natal, y que escribí en los cuarenta días siguientes a su fallecimiento, los cuarenta días considerados simbólicos ». El joven Matthew, autista, muere en una crisis de epilepsia, después de una vida marcada por la enfermedad y sus inherentes dificultades pero también por una gran capacidad de serenidad y compasión. El tono del libro es de hecho el de una grave serenidad mezclada al dolor inmenso, el de un intento permanente de dialogar con la luminosa figura del hijo una y otra vez revivido por el padre a través de los antiguos diarios que evocan su infancia, su adolescencia, su juventud, su relación con los padres, los amigos, los profesores, con el mundo inevitablemente mediado por la compleja fragilidad que imprime el autismo.
« Cualquier muerte es una gran tragedia » responde Matthew a su padre en un diálogo imaginario que desvela la manera real de pensar del joven, refractaria a los convencionalismos, asumiendo la diferencia como algo natural y consubstancial a los seres humanos –« Todas las personas son distintas » replica Matthew al intento de sus padres de hacerle comprender que él es distinto de los demás­­– y abierta siempre a la belleza del asombro, como desvela el extraordinario final de un discurso que el adolescente pronunció delante de sus profesores y compañeros al acabar el bachillerato, cuando dio las gracias, además de a las personas que lo rodearon de cariño y amistad, « al jardín y a los árboles del jardín y a los matorrales y a la yerba ». El recuerdo del fabuloso texto de Carson McCullers « Un árbol. Una roca. Una nube » es inmediato. La singular sensibilidad de Matthew compensa el desamparo del autismo y le otorga a veces el don de percibir y construir destellos asombrosos de belleza.
Retrato de M configura el corto trayecto vital del hijo en un tono sobrio, meditativo, de dolor contenido, que late agazapado en cada palabra, en casa frase, volviéndose a través de la escritura una fulguración de luz, trágica pero balsámica en su intento de organizarse en reflexiones, de conversar con el hijo y comprenderlo más allá de la muerte. También en vida se esfuerza el padre en continuar siempre el diálogo, tantas veces difícil, con el hijo enfermo. La « lectura de la mente », de los pensamientos, y la metáfora de la lectura son evocadas en varias ocasiones por el padre que es también un gran especialista en los procesos de lectura, autor del estudio Rereading (Yale University Press, 1993). « Dime qué crees ¿la vida es buena o es mala ? », inquiere el padre. « Esta es una pregunta muy difícil », responde el hijo y luego se sumerge en el silencio.  
Destaco una vez más la traducción, impecable y altamente expresiva, de Ioana Zlotescu. La versión española guarda intacta toda la belleza de un texto atravesado por el dolor donde momentos cotidianos de la primera infancia del hijo, los ladridos de los perros en un parque, por ejemplo, se guardan en la memoria como un tesoro de luz: « Siempre recordaré el sonido de aquellos ladridos de perros felices: quizás sean las señales sonoras más fulgurantes de la felicidad ». Al recuerdo poderoso de la felicidad se agarra el padre al final del libro: « cuando sonreía, tal como estaba guardado en mi recuerdo, sonreía no sólo con sus labios o con sus ojos, o con su cara, sino con todo su ser ». La sonrisa a raudales del hijo es la última imagen, enormemente luminosa, del Retrato de M.

miércoles, 2 de enero de 2013

"Clandestinidad" de Antonio Jiménez Millán


Barcos

Ioana Gruia

           
            He releído varias veces Clandestinidad (Visor, 2011, XIII Premio de Poesía Generación del 27) de Antonio Jiménez Millán. Hay un rumor de barcos en cada verso, de barcos fascinantes, lejanos e íntimos a la vez. Son los barcos escondidos en la piel, los barcos que mantienen “el anclaje oscuro del deseo/ sobre un fondo de ruinas”, como leemos en el espléndido poema “Clandestinidad (1981)” donde se afirma la gran verdad, siguiendo a Paul Valéry, de que “No hay nada más profundo que la piel”. La poética de la piel atraviesa de hecho todo el libro, estrechamente unida a la de las ruinas, y recordamos en este sentido otro libro magnífico, Bajo la alfombra (Visor, 2008) de Ángeles Mora. En Clandestinidad habitan sombras fuertes en su fragilidad, desbordantes de vida pero conocedoras de todos los abismos, amantes de Lou Reed y de “la vieja ficción de volverse invisible” (“Invisible”). Saben muy bien el “sordo presagio de la muerte insomne” (“Constance Dowling”) y para combatirlo construyen refugios donde “la muerte estaba fuera de lugar” (“El Túnel”), refugios espaciales e interiores, refugios epidérmicos e irresistibles, opiáceos como la invocación del París mitificado de los años treinta (“Clichy, Ménilmontant,/ Faubourg, Montmartre, Rue Fontaine,/Rue Pigalle” –“Días tranquilos en el Albaicín”) o el blues imaginario que se desliza felino por debajo de los poemas. El ritmo de la mayoría de los poemas es en efecto el del blues (mezclado con el bolero), fascinante y desgarrador, un blues que irradia a la vez “la luz insobornable de aquel tiempo” (“Ciudad lejana”) y las corrientes turbias del desamor, llenas de “metáforas gastadas” (“Terral”), a la deriva, trituradas por el tiempo, según leemos en el lucidísimo poema “Riada”, donde el mar ya no tiene el homérico color de vino, el de la grandeza épica ensangrentada, sino el de la cicatriz íntima del olvido:
           
            Así termina a veces el amor.
            Una corriente turbia lleva fotos antiguas,
            muñecas sin vestido,
            muebles desvencijados.
            No se notan las grietas al principio,
            pero el muro es más débil cada día.
            Y de pronto el silencio
            se parece a una nube de tormenta,
            y el futuro les dice que ya es tarde,
            que van a la deriva
            sentimientos mezclados con el barro,
            afectos y traiciones
            hundiéndose en un mar color de olvido.

            La dimensión trágica del mar y de los barcos viene dada por otro tipo de clandestinidad, no escogida sino impuesta, la de los inmigrantes que en “Furtivos” cruzan el estrecho en “embarcaciones frágiles”: “gente que quiere huir hacia otra vida.// Si consiguen llegar a las playas desiertas/ serán supervivientes de otros oscuro engaño./ Sólo sombras furtivas,/ clandestinas.” Clandestinidad despliega, junto con la historia íntima, la colectiva, de las atroces heridas del siglo XX y XXI: la Guerra Civil española, los campos de concentración de Hitler y Stalin, la dictadura militar de Chile, los atentados de Atocha y las Torres Gemelas. La poética de las ruinas abarca tanto los restos desamparados del desamor, dentro de un campo semántico construido en torno a la cicatriz (los muebles desvencijados, las muñecas sin vestido, las metáforas gastadas, las grietas, la “leve punzada que deja cicatriz” de “Terral”) como los muñones trágicos de la historia: “Hiere el pasado a veces/ como un filo de herrumbre,/ saca a la superficie restos indeseables,/ algas en la corriente submarina”, leemos en “Reportaje”. Clandestinidad construye una y otra vez la urdimbre de lo roto, de lo desvencijado, de la cicatriz, de las ruinas, haciéndonos ver dos sombras luminosas, desamparadas y vencidas (por oposición a los “vencedores” denunciados, siguiendo a Cernuda, en “Reportaje”) que habitan entre sus versos: Walter Benjamin y su trágico ángel de la historia, el ángel de Klee al que se alude en “Aniversarios”. Y recordamos el sueño de Benjamin, contado en una carta a su amiga Gretel Adorno y evocado con tanta belleza por Derrida en Fichus (Paris, Galilée, 2002): Benjamin sueña en francés, explica en su carta, con transformar lo “fichu” (que significa a la vez algo que envuelve, una bufanda y algo roto, desgarrado, condenado) en poesía. Algo que logra prodigiosamente Clandestinidad.